lunes, 4 de enero de 2016

"Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas, esta vez sí que es una Revolución!"

"Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas, esta vez sí que es una Revolución!"
Primero de enero de 1959: Esta vez sí que es una Revolución
Dos años y 13 días habían transcurrido desde que Fidel Castro, con solo siete fusiles, reiniciara la lucha armada en las montañas de la Sierra Maestra
Autor: Eugenio Suárez Pérez | internet@granma.cu
Autor: Acela Caner Román | internet@granma.cu
31 de diciembre de 2015 21:12:02
El primer día de enero de 1959, Cuba amaneció con la noticia de la huida del dictador Fulgencio Batista. Dos años y 13 días habían transcurrido desde que Fidel Castro, con solo siete fusiles, reiniciara la lucha armada en las montañas de la Sierra Maestra. El ejército de la tiranía había sido derrotado.
Las maniobras de última hora y el golpe militar para frustrar el triunfo revolucionario no pudieron impedir la victoria de la Revolución.
Fidel había alertado
Desde Palma Soriano, el 31 de diciembre de 1958, a través de las ondas de Radio Rebelde, Fidel había alertado al pueblo de Cuba de las maniobras que se fraguaban:
“Hoy vengo a decirle a nuestro pueblo que la Dictadura está vencida. Es posible que la caída de Batista sea cuestión ya de 72 horas. A estas horas luce evidente que el régimen no puede resistir por más tiempo. Las fuerzas que lo defienden se están resquebrajando en todas partes. El Ejército Rebelde tiene 10 000 soldados de la tiranía copados en la provincia de Oriente. Sin embargo, yo tengo que hablarle hoy muy claramente al pueblo [...]. Hay muchos intereses que están tratando de evitar el triunfo pleno de la Revolución. Le quieren escamotear al pueblo y al Ejército Rebelde la Victoria”.1
Horas después —ante la imposibilidad de detener al Ejército Rebelde que avanzaba y se consolidaba en todos los frentes—, se inicia en la capital un conato de golpe de Estado.
Intento de hacer efectivo un nuevo golpe de estado
Poco antes de la 01:00 hora del 1ro. de enero de 1959, en medio de la fiesta por el recibimiento del nuevo año, Batista pronunció un melodramático discurso de renuncia a su cargo de presidente. En su intento de hacer efectivo un nuevo golpe contra el pueblo cubano, dirige sus últimas palabras a las fuerzas armadas y a los agentes de la seguridad para pedirles que obedezcan y apoyen al nuevo gobierno y a las jefaturas de los cuerpos armados al frente de los cuales ha sido nombrado el mayor general Eulogio Cantillo y Porras.
Tras invitar a sus cercanos cómplices para reunirse con él en el aeropuerto militar de Columbia —aproximadamente a la 01:30 horas— Batista llega a la pista donde esperan tres aviones DC-4 en los cuales él y sus más allegados abandonarán el país. Minutos antes de partir, siendo las 02:10 horas, junto a la escalerilla del avión, le daba a Cantillo sus últimas instrucciones: “Llama al embajador americano, llama al magistrado Piedra, destruye el archivo confidencial que te entregué hoy, protege las oficinas diplomáticas, no sueltes a los oficiales presos en Isla de Pinos”.2
Entre las 02:50 y las 03:15, desde la Ciudad Militar de Columbia, el general Cantillo se dedica a cumplir las orientaciones recibidas. Primeramente, llama al magistrado Carlos Manuel Piedra Piedra y, al no poder contactarlo, pide vayan a buscarlo porque “el jefe del Ejército necesita hablar con él sobre un asunto de interés nacional”. Luego, llama a Earl T.
Smith, embajador de Estados Unidos en Cuba, quien —tras conocer de la huida del tirano— le da el visto bueno a las decisiones adoptadas. Acto seguido, escribe una alocución para ser leída a todos los oficiales de Columbia.
A las 03:45, en las oficinas del Estado Mayor del Ejército, el general Cantillo se encuentra con el magistrado Piedra y le informa que Batista ha renunciado a la presidencia de la república y que —como han declinado aceptar ese cargo el vicepresidente Rafael Guás Inclán; el presidente del Senado, Anselmo Alliegro; y Gastón Godoy y Loret de Mola, presidente de Cámara de Representantes y vicepresidente electo—, lo han llamado a él porque de acuerdo con la Constitución le corresponde la presidencia por ser el magistrado más antiguo del Tribunal Supremo.
Antes de tomar una decisión, Piedra quiso consultar con algunas personas, muchas de las cuales habían sido también propuestas por Batista. No obstante, a las 04:30, Cantillo envía un radiograma a todos los mandos en el que informa que Batista y los jefes de las Fuerzas Armadas han renunciado a sus cargos para evitarle al país mayores derramamientos de sangre y que Carlos M. Piedra, se ha hecho cargo de la Presidencia de la República y él ha asumido la jefatura de las Fuerzas Armadas.
La noticia de la huida del dictador, poco a poco se fue filtrando. Ante la presión de los medios de prensa, a las 06:15 se confirma y las emisoras de radio comienzan a difundirla.
¡Revolución, sí; golpe militar, no!
Cerca de las 8:30 de la mañana, Fidel Castro conoce del golpe de Estado y así lo relata: “Yo me encontraba en el central América. En esos momentos estaba preparando las tropas para avanzar sobre Santiago de Cuba, cuando me informan de que había dicho Radio Progreso que Batista se había ido.
Claro que no era totalmente una sorpresa, porque el día antes yo había enviado un ultimátum anunciando que se rompían las hostilidades, y lo había enviado a la plaza de Santiago de Cuba para que se lo comunicaran a Cantillo […] Yo de inmediato, sin perder un minuto, redacté las declaraciones, no tardé apenas una hora en redactar las declaraciones y salir a donde estaba la planta móvil”.3
Pocos minutos después, Fidel arriba a Palma Soriano y se dirige al sitio donde estaba instalada la planta de Radio Rebelde. A su entrada, los compañeros de la emisora le informan que el general Eulogio Cantillo le ha estado llamando insistentemente porque desea hablar con él. Fidel los mira y rápidamente les dice: “Yo no estoy loco; ustedes no se dan cuenta de que los locos son los únicos que hablan con cosas inexistentes, y como Cantillo no es el jefe del Estado Mayor del Ejército, yo no voy a hablar con cosas inexistentes, porque no estoy loco. Todo el poder es para la Revolución”.4
Fidel toma el micrófono para transmitir instrucciones precisas a los comandantes del Ejército Rebelde y al pueblo: “Cualesquiera que sean las noticias procedentes de la capital, nuestras tropas no deben hacer alto al fuego por ningún concepto. […] La dictadura se ha derrumbado como consecuencia de las aplastantes derrotas sufridas en las últimas semanas, pero eso no quiere decir que sea ya el triunfo de la Revolución. Las operaciones militares proseguirán inalterablemente mientras no se reciba una orden expresa de esta comandancia, la que solo será emitida cuando los elementos militares que se han alzado en la capital se pongan incondicionalmente a las órdenes de la jefatura revolucionaria. ¡Revolución, sí; golpe militar, no!”5
Radio Rebelde no detiene sus trasmisiones. Desde la pequeña planta que ha multiplicado su potencia, los principales jefes del Ejército Rebelde reciben directamente las instrucciones militares.
Esta vez los mambises entrarán en Santiago
Las columnas 1, 3, 9 y 10 avanzan hacia la capital de Oriente bajo el mando directo del Comandante en Jefe, quien rememora: “Nosotros movimos inmediatamente las tropas para Santiago de Cuba. A Santiago había que atacarlo de todas maneras ese día, porque de lo contrario podía consolidarse aquel golpe. Sobre las dos de la tarde yo estaba muy preocupado con las noticias que venían de La Habana en el sentido de que ‘[…] la opinión pública puede ser confundida’.
Pero ya se había leído la proclama mía, que salió por CMQ y por Radio Progreso […] inmediatamente me reuní con los compañeros de la dirección del Movimiento y acordamos dar la orden de huelga general para el día siguiente, y la de Santiago la dimos para las tres de la tarde, y un ultimátum a la ciudad para las 6 de la tarde. Si no deponían las armas, nosotros atacábamos”.6
A las puertas de Santiago de Cuba, Fidel hace un importante llamamiento: “Santiagueros: la guarnición de Santiago de Cuba está cercada por nuestras fuerzas. Si a las seis de la tarde del día de hoy no han depuesto las armas, nuestras tropas avanzarán sobre la ciudad y tomarán por asalto las posiciones enemigas. A partir de las seis de la tarde de hoy, queda prohibido todo tráfico aéreo o marítimo en la ciudad. […] Los militares golpistas pretenden que los rebeldes no puedan entrar en Santiago de Cuba. Se prohíbe nuestra entrada en una ciudad que podemos tomar con el valor y el coraje de nuestros combatientes como hemos tomado otras muchas ciudades. Se quiere prohibir la entrada en Santiago de Cuba a los que han liberado a la patria; la historia del 95 no se repetirá, esta vez los mambises entrarán hoy en Santiago de Cuba”.7
El Comandante en Jefe se dirige al alto del Escandel. Allí, establece la Comandancia General del Ejército Rebelde. En horas de la tarde, el jefe de la plaza de Santiago de Cuba, coronel José M. Rego Rubido, arriba al Escandel para una entrevista con Fidel, en la cual este le plantea que desea invitar a todos los oficiales de la plaza para que se reúnan allí con el Ejército Rebelde.
Rego Rubido dijo que ese encuentro solo sería posible si un alto representante del mando rebelde se reunía previamente con la oficialidad en Santiago. De inmediato, el comandante Raúl Castro se ofreció para esa misión y Fidel aceptó.
Poco después, Raúl Castro —solamente acompañado por el capitán Raúl Guerra Bermejo, Maro—, entró al cuartel Moncada donde fueron asesinados muchos de sus compañeros de la Generación del Centenario. El comandante guerrillero fue recibido por una multitud de soldados enemigos que lo aclamaban.
La reunión se efectuó en el patio central de la fortaleza militar. Raúl habló con los oficiales del ejército, la Marina de Guerra y la policía y, les expresó que ya iba siendo hora de cesar ese derramamiento de sangre entre hermanos y que podían contar con la generosidad del Ejército Rebelde. Añadió que cumplía instrucciones de Fidel, quien invitaba a los principales jefes de las guarniciones de Santiago de Cuba a reunirse con él en el Escandel. Raúl terminó sus palabras diciendo: “Aquí no hay vencedores ni vencidos, la única que ha ganado es Cuba”.
Cerca de las siete de la noche, en el Escandel, se realizó la reunión con los oficiales de la plaza de Santiago de Cuba con el Comandante en Jefe. Allí, Fidel recabó su apoyo y todos acordaron desaprobar el golpe amañado de Columbia y apoyar la Revolución Cubana. Gracias a esa actitud asumida por ellos, se ahorró mucha sangre y mucho dolor.
¡Al fin hemos llegado a Santiago!
Muy tarde en la noche de ese primer día de enero, miles de personas se congregaron en el Parque Céspedes. Desde el balcón del Ayuntamiento santiaguero, el máximo líder de la Revolución expresó: “¡Al fin hemos llegado a Santiago! Duro y largo ha sido el camino, pero hemos llegado. […] La Revolución empieza ahora, la Revolución no será una tarea fácil, la Revolución será una empresa dura y llena de peligros, sobre todo en esta etapa inicial; y ¿qué mejor lugar para establecer el gobierno de la república que en esta fortaleza de la Revolución? Para que se sepa que este va a ser un gobierno sólidamente respaldado por el pueblo, en la ciudad heroica y en las estribaciones de la Sierra Maestra —porque Santiago está en la Sierra Maestra—, en Santiago de Cuba y en la Sierra Maestra, tendrá la Revolución sus dos mejores fortalezas.
Pero hay, además, otras razones: el Movimiento Militar Revo­lucionario, el verdadero Movimiento Militar Revolucionario, no se hizo en Columbia; en Columbia prepararon un `golpecito´ de espaldas al pueblo, de espaldas a la Revolución, y sobre todo, de acuerdo con Batista. Puesto que la verdad hay que decirla, y puesto que venimos aquí a decirla al pueblo, les digo, les aseguro que el golpe de Columbia fue un intento de sabotearle al pueblo el poder, de sabotearle el triunfo a la Revolución; y además, para dejar escapar a Batista, para dejar escapar a los Tabernilla, para dejar escapar a los Pilar García, para dejar escapar a los Salas Cañizares y a los Ventura. […] Esta vez no se frustrará la Revolución. Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad a su término; no será como en el 95, que vinieron los americanos y se hicieron dueños de esto, […] intervinieron a última hora y después ni siquiera dejaron entrar a Calixto García, que había peleado durante 30 años, no lo dejaron entrar en Santiago de Cuba; no será como en el 33, que cuando el pueblo empezó a creer que la Revolución se estaba haciendo vino el señor Batista, traicionó la Revolución, se apoderó del poder e instauró una dictadura feroz aquí; no será como en el 44, año en que las multitudes se enardecieron creyendo que al fin el pueblo había llegado al poder. ¡Y los que llegaron al poder fueron los ladrones! ¡Ni ladrones, ni traidores, ni intervencionistas, esta vez sí que es una Revolución!

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